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El terremoto de Haití: la barbarie del capitalismo
Escrito por:
Alondra Ramos
Suele suceder que cada vez que ocurre una catástrofe natural surgen todo tipo de reacciones al respecto. Los altos funcionarios, banqueros, representantes de la burguesía y voceros de diversos organismos que históricamente han atacado a las clases explotadas, pegan el grito en el cielo clamando ayuda ante hechos lamentables y derraman lágrimas de cocodrilo por, lo que dicen, es la mayor catástrofe en la historia del país, tal como sucede hoy día en Haití tras el terremoto que sacudión esta pequeña nación caribeña el pasado 12 de enero.
Lamentables resultan las palabras de esta gente que se ha dedicado durante décadas a saquear a una población que hoy vive en la miseria y al borde de la hambruna. Las bases de clase, políticas y morales de estas desafortunadas declaraciones, son propias de aquellos que arrastran tras de sí una doble moral.
Haití vive hoy en la catástrofe resultante de una calamidad provocada por un terremoto de 7 grados, pero también por las consecuencias de una política de saqueo y salvajismo a la que se le ha sumergido.
La nación se encontraba antes del siniestro, en una bancarrota total, en una crisis alimentaria, con una infraestructura tremendamente frágil y que estaba sumergida en diversos conflictos políticos llevados al límite.
Un informe suscrito por el secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Ban Ki-moon el 1º de septiembre de 2009 y un segundo informe realizado por Crisis Group, una organización independiente, señalaban, en ese entonces, que Haití se encontraba al borde del colapso.
Según los reportes, “76% de los haitianos (4.4 millones de personas) vive con menos de dos dólares al día y 56% con menos de un dólar. El 80% de la población tiene acceso sólo a 32% de los ingresos del país; además 72% no cuenta con servicios de salud y 56% es analfabeta.”
Los precios de diversos productos básicos como el arroz y el maíz se elevaron a cantidades estratosféricas con la crisis económica mundial: “En abril de ese año (2008) se sintieron los efectos de las alzas: presas de la desesperación, miles de haitianos se lanzaron a las calles a protestar por los precios de los productos básicos…”
En agosto y septiembre pasados, el país fue nuevamente golpeado por tres huracanes que provocaron daños aproximados por 900 millones de dólares. Las industrias y la infraestructura hidráulica, eléctrica, de transportes y de telecomunicaciones fueron severamente dañadas. También afectó a 65% de la tierra cultivable, por lo que la producción agrícola disminuyó 60%. Ello provocó que se mantuvieran altos los precios de los alimentos básicos.
La Comisión Nacional de Seguridad Alimentaria (CNSA) –dependencia del gobierno– reportó que, como consecuencia de los ciclones, otros 800 mil habitantes ingresaron a “una situación de riesgo alimentario”, por lo que sólo en un par de meses el número de personas en esta condición se elevó de 2 millones 500 mil a 3 millones 300 mil. De éstas, 207 mil se encontraban al borde de la hambruna.”
El informe del secretario general de la ONU advierte: “La grave situación socioeconómica sigue amenazando directamente la estabilidad del país. Para la mayoría de los haitianos, las condiciones de vida se caracterizan día a día por la dureza y las privaciones (…) Se están eliminando progresivamente las subvenciones introducidas tras los disturbios de abril de 2008 para hacer frente a los precios de los alimentos y el combustible. Las autoridades nacionales indican que la inseguridad alimentaria afecta actualmente a 1.9 millones de haitianos, pero las redes de seguridad social son todavía inexistentes”. Pero hay más: “Como quedó claro en 2008, Haití es sumamente vulnerable a los desastres naturales (…) Esta vulnerabilidad, sumada al descenso en la capacidad agrícola, a la alta tasa de desempleo y a un nivel de inversión muy bajo, pone en peligro a una parte de la población …”.
Ambos informes advertían que con una situación económica tan grave como esa era posible que proliferaran la corrupción, la violencia, la inestabilidad, los disturbios civiles masivos y un sinfín de cosas adherentes a la irracional miseria en la que millones de haitianos viven. Además las crisis políticas en las que la nación se ha visto sumergida desde hace años, han desestabilizado a la población que, harta de la situación, ha salido a las calles a demandar mejores condiciones de vida.
Uno de los hechos más recientes fue el de la caída del presidente Jean Bertrand Aristide, depuesto de su mandato por las movilizaciones masivas de los haitianos. Sin embargo, Aristide no ha sido el único presidente del país que ha corrido por la misma suerte.
La situación política y social
Haití ha sufrido constantemente la brutalidad de las dictaduras y las intervenciones militares del imperialismo norteamericano. Aunque su sistema político está basado en la elección popular, en la realidad cada gobierno haitiano se ha caracterizado por ser autoritario.
En materia de derechos humanos, Haití no precisamente se distingue por su respeto. Tanto en la economía, como en educación, cultura, salud y empleo, Haití tiene severas carencias. Por ejemplo, la educación es obligatoria hasta los 12 años, sin embargo la infraestructura es insuficiente para dotar a la población. En materia de salud menos de la mitad de la población tiene acceso a la asistencia médica básica. Aproximadamente la mitad de las causas de muerte son atribuidas al VIH/SIDA, infecciones respiratorias, meningitis y enfermedades de diarrea, incluyendo el cólera y la tifoidea.
Más del 80% de los niños haitianos sufren de enfermedades de parásitos intestinales, un 5% de la población adulta sufre de VIH y los casos de tuberculosis son diez veces más altos que el promedio del resto de América Latina.
Antes del terremoto del pasado 12 de enero la situación en Haití ya era devastadora. Para entender la magnitud del desastre en las zonas de viviendas marginales, hay que ver las terribles imágenes del derrumbe de los edificios de la ONU y el Palacio de Gobierno. Si estas edificaciones se suponía tenían mejor calidad que las del resto de la población, no podíamos esperar que algo quedara en pie en las colonias populares. La devastación en la capital haitiana de Puerto Príncipe es total. Escuelas, hospitales, fábricas, centros comerciales, oficinas y universidades fueron destruidas totalmente.
La catástrofe
Los acontecimientos sucedidos el 12 de enero de 2010 han dado el tiro de gracia a una nación ya de por sí arruinada. Los medios internacionales han hecho todo un espectáculo de la gravedad del asunto. Con caras largas y casi al borde las lágrimas hablan con tremenda ligereza del comportamiento “salvaje” de aquellos que buscan con ansias un pedazo de comida o un vaso de agua. No hacen otra cosa más que utilizar el morbo para ganar grandes audiencias.
A una semana del terremoto, millones de haitianos están sumergidos en la desesperación. El gobierno haitiano ha dado una primera cifra de 100 mil muertos que con el paso de estos días ha llegado a los 200 mil, según la ONU.
La carencia de servicios médicos ha llevado a sucesos tan trágicos como que los mismos sobrevivientes estén muriendo ahora a falta de medicamentos y asistencia médica. Por otro lado aunque se han enterrado a más de 70 mil cadáveres en fosas comunes la cantidad de cuerpos en las calles es aún enorme. No hay luz, ni agua, ni alimentos.
Pero lejos de todo ello, la prensa internacional se ha dedicado a publicar grandes cifras en tonelajes o monetarias sobre la ayuda que supuestamente ha llegado a Haití, lo cierto es que la mayor cantidad de la ayuda está varada en el aeropuerto y no ha llegado a manos de los damnificados.
A la par, los marines enviados a la zona están más ocupados en prohibir la migración masiva de haitianos a otras naciones, en disparar a la gente que busca comida y en “mantener el orden” que en realizar una estrategia que permita que la ayuda llegue a quien la necesita.
Un problema de clase
Ni reír ni llorar sino comprender… Las consecuencias del terremoto del pasado 12 de enero en Haití no son más que una muestra de la barbarie a la que el capitalismo ha orillado a millones de personas a nivel mundial. Con el desarrollo tecnológico existente a estas fechas no se esperaría que en pleno año 2010 siga habiendo gente que muere de enfermedades como la diarrea o, peor aún, de hambre.
Haití ha sido sumergido en la miseria total producto de las vejaciones que el imperialismo ha cometido contra esa pequeña nación. Desde antes de la dictadura de Duvalier, Haití no ha podido nunca recuperarse. La forma en que ha sido brutalmente saqueada es escandalosa.
La burguesía se ha encargado de ir haciendo de todos los derechos un privilegio. A lado de aquellos que tienen acceso a salud, educación, empleo o vivienda existen millones de trabajadores y jóvenes que están abandonados a su suerte. La carestía, los altos costos de la vida y el bajísimo acceso de la población a derechos tan fundamentales, son consecuencia de una política de depredación contra una nación que ha sido cruelmente apaleada.
Solo existe una forma de sacar a Haití de la barbarie y es mediante la lucha que puedan dar los trabajadores de Haití y del conjunto de la región. No hay ninguna salida para los trabajadores haitianos en los límites de su propia frontera. Este tipo de acontecimientos hacen que, en muchas ocasiones, las clases explotadas saquen conclusiones muy avanzadas.
Por ejemplo, tras el devastador terremoto de México en 1985 surgieron organizaciones vecinales pro vivienda y organizaciones de trabajadores por la defensa de los empleos, tal fue el caso de un grupo de mujeres costureras: "El terremoto fue una coyuntura para convencer de que debíamos unirnos en sindicato", señala Concepción. "Hablamos con las que esperaban a los patrones; ellos sólo sacaban sus prendas y no a las compañeras que se habían quedado en las construcciones derrumbadas; les dijimos que se tenían que organizar para rescatarlas y buscar su indemnización, pero no fue fácil, al principio decían 'y ustedes quiénes son'…"
(http://www.jornada.unam.mx/2005/09/05/informacion/85_costureras.htm)
Los trabajadores y las clases explotadas de Haití tienen que tomar el control de las cosas con sus propias manos. En realidad, las condiciones precarias de la infraestructura urbana explican gran parte de la magnitud de la catástrofe. La mejor forma de minimizar los embates de la naturaleza, es a través del desarrollo urbano que garantice el cumplimiento de las normas de calidad de la construcción de inmuebles, pero eso no se puede lograr en una sociedad infernal como la haitiana.
Ante la tragedia del pueblo haitiano la solidaridad de la clase trabajadora. Hoy, el mundo entero está consternado, pero son las clases explotadas del mundo los que verdaderamente sabemos de solidaridad, muy distinta al morbo y muy lejana de la “ayuda” que las burguesías internacionales han proliferado al respecto.
Los trabajadores del mundo ayudaremos al pueblo haitiano mediante la lucha por la emancipación de la clase trabajadora de Haití y del planeta.
Por los muertos, no un minuto de silencio sino toda una vida de lucha
Por una federación socialista del Caribe y de América Latina
Unidos y organizados…Venceremos
*Todos los datos y cifras de este artículo fueron tomados de la edición 1733 de la revista Proceso.

Fecha:
21 de enero del 2010 














